Ha sido difícil para los dos. En el living, de espaldas a la cocina y a mí ella mira la foto y llora. Sin decir nada pongo agua para el café. Ya casi es de noche. Solo la luz del living esta encendida. Lo demás es silencio y oscuridad. Ahora que la rutina se ha quebrado pienso cómo irán a ser las cosas.
El agua hierve.
Ella se sobresalta. Está tan asustada. Quisiera poder tranquilizarla. Se da vuelta y mira hacia la cocina. No hay nada raro, nada distinto. Mira la cuchara ir y volver cargada de café primero, de azúcar después. Estática, solo ve con obsesión la cuchara revolver el café. La abrazo. No me dice nada. Mira el café como si temiese ser envenenada. No agradece. No lo toma. La abrazo más fuerte, aunque mis brazos ya no pueden tener fuerzas.
Ella tiene miedo, lo sé.
Sobre la mesada el café se enfría. Soy yo el que la está viendo. Podría decirle algo, pero qué y cómo. A veces pienso que el silencio va a terminar de tragarnos.
Ella ha dejado de llorar. Todo su cuerpo está tenso, se prepara para ensayar una defensa como si algo la amenazara. De repente se levanta y grita, la silla cae y aumenta el ruido. Me grita sin mirarme que la deje en paz, que ella no puede seguir así. No me ve. Ella no puede verme porque he muerto.
La entiendo. Pero no sabe que es su juramento de amor eterno el que me retiene.
Lloro. La eternidad es muy aburrida.